La estrella ha muerto… ¡viva la supernova!

Dos estrellas vecinas giran una con respecto a la otra, como una pareja en la mitad de la pista en uno de esos bailes de gala de principios del siglo pasado. Sin embargo, el final de una de ellas está cerca. Su muerte es inevitable.

Después de muchos miles de millones de años de convivir sin problemas, una de ellas comienza a crecer, incrementa varias decenas su tamaño mientras sus capas de gas caliente, distribuidas cual cebolla se desprenden lenta y regularmente. La estrella se hace gigante, una gigante roja destinada a perder casi toda su masa, lo que le impide seguir generando energía con reacciones nucleares. El destino esta marcado, nada puede detener el escape de material. Mientras tanto, la compañera, la otra estrella, observa pasiva la fuga casi armoniosa de los mismos elementos que la componen.

La estrella está muriendo y el gas expulsado forma una enorme nube. Este trance cósmico en realidad es muy común en estrellas que no son enormes y la forma en el espacio del gas expulsado es tan caprichosa como la misma circunstancia del par estelar: hay cascarones simétricos y asimétricos, circulares y alargados, bipolares y unipolares, sencillos y dobles… pero siempre espectaculares.

Desde lejos, el fenómeno mortuorio no es tan dramático; de hecho es hermoso, impresionante y lleno de colores rojos, amarillos y verdes. La estrella muerta queda pequeña, blanca, brillante y con temperaturas en la superficie de por lo menos 10 mil grados centígrados. La estrella ahora, ni siquiera es estrella, le llamamos enana blanca y lo que una vez fue su cuerpo puede verse desde varios cientos de años luz como una nube de gas, una nebulosa planetaria. Su compañera, fue una simple espectadora que pronto entrará en escena.

La progresiva pérdida de material de la ahora enana blanca redujo poco a poco la separación con su compañera y sus encuentros ahora son más íntimos. Las mareas y los jaloneos gravitacionales en las capas externas de la espectadora se incrementan y en algunos casos llegan a tocar a la enana, arrebatándole masa a su compañera.

Las enanas blancas pueden adquirir materia de una estrella compañera, llegar al límite de Chandasekar y explotar como supernovas.

Con el tiempo, el flujo de material es más regular y la enana gana plasma de elementos donados por la otra estrella que, increíblemente, le ayudarán a resurgir de sus cenizas. La enana se alimenta y se acerca a un punto crítico de unos 1.4 veces la masa del Sol, después de lo cual no puede soportar su propio peso y deja de tener condiciones físicas para mantener un equilibrio de presión y temperatura en su interior. Sólo para ilustrar, la masa del Sol es de casi 2 quitillones de kilogramos (un 2 seguido por 30 ceros).

Justo antes de alcanzar 1.4 masas solares, nuevamente genera reacciones nucleares en su centro, renace, y las fusiones de elementos como carbono y oxígeno producen cantidades increíbles de energía y temperaturas de miles de millones de grados centígrados en el centro. Solo unos segundos después de comenzadas las reacciones, el interior de la enana blanca se hacen insostenibles. Una explosión descomunal se genera: material viajando a miles de kilómetros por segundo (casi 6% de la velocidad de la luz), energía de nonillones de Joules (un 1 seguido por 44 ceros) y una luminosidad equivalente a miles de millones la del Sol. La estrella muerta, la enana blanca, renace como uno de los más espectaculares y violentos eventos en el Universo, una supernova, de las llamadas tipo Ia (uno a).

Las supernovas ocurren todo el tiempo en el Universo, pero con más frecuencia en algunos tipos de galaxias que en otras. En nuestra Vía Láctea ocurre en promedio una supernova cada 100 años.

El 22 de agosto de 2011 fue detectada una supernova tipo Ia en una galaxia “cercana” a nuestra Vía Láctea, a solo 21 millones de años luz, llamada M101, en la constelación de la Osa Mayor. La supernova fue llamada PTF-11kly y pudo ser visible con apenas unos binoculares o un telescopio pequeño. En aquella ocasión, muchos astrónomos aficionados reportaron la identificación de la explosión estelar en M101. Lo importante de aquella supernova fue que la colaboración entre profesionales y aficionados ayudó a recopilar una gran cantidad de datos, que permitieron entender mejor qué ocurre después de la muerte de una estrella.

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